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El cambio de estación

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  Conecté mi alma a la tuya en ese instante, cuando la noche, la sal y los misterios se juntaron en los labios, formando universos de fábula y calor, de sed palpitante. Y a tu cintura, ofensa despiadada a las deidades, fuego insano que devasta toda primavera, sutil montura, promesa de ceguera, pacto de fe contra templos y ciudades. Sobraba todo entonces: tela, palabra y salvación. Y firmamos un contrato de registro en la piel, donde la carne y el dolor, por designios del placer, sucumbían a la dicha e ignoraban la razón. Aún me absorbe el mapa de tu cuerpo, tierra feraz y océano de beso caprichoso que se marcha y vuelve con episodio celoso cual niño terrible de corazón terco. Henos aquí ahora, aferrados al delirio sombrío, desgastando el sol de verano en un paseo, entonando sortilegios que reparen el deseo, aunque sepa que al final el abrazo será frío.

VIII

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  Hoy se abren paso las maneras ominosas del desencanto, anhelando ese universo que estalla diminuto en la savia de tus labios. Calor despechado que derrite la escarcha, que altera pupilas y mareas, deshace verbos del fracaso y mata llagas de traición. Sea tu beso mandato y consecuencia; sea escudo de luz frente al ocaso.

Consuelo del iluso

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  Sabe el milagro a ruta imposible, ácida y dulce, poesía de lo hallado, centella que danza sobre camino cruzado, estrella que canta melodía inasible. Es soporte de viento y misterio vibrante, jauría reclamando soles y ocasos, pañuelo que borra señal del fracaso, lectura de sal que desvela al amante. Crece en las tardes y muere en las cenas, desahucio que el hombre mastica cansado, frialdad en el pecho y colmillo afilado, reto que yace sobre tiempo de arena. Pero quien sueña interpreta el dolor como llamas que sugieren batalla, empeño de fuego que de pronto estalla y venera las chispas que promete el calor.

Volver

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  Trae la bahía abrazo de sal y atardecer. Danza de la marea, salvaje y platina, susurra tu palabra de piel cristalina rebeliones de arte que no pueden ser. Y al amparo de la tarde, cual revolución marina, surgen gigantes de quiebro y de sed, sendas de aire que remueven la fe, barcos que florecen bajo aguas prohibidas. Así es el misterio que guarda esta red: la que muele el alma con tediosa rutina, la que torna en milagro esta ruina perdida, beso de mar que promete volver.

Ojos que no ven

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Ojos del tiempo que capturan sin saber cada impacto del mundo en su descenso. Se diría acaso que es capricho del universo sufrir cegueras, aunque podamos ver.

Contrariado silencio

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  Aguacero de metal caliente  recorre el interior de mi boca,  sangre hirviendo a contracorriente  mientras el corazón se desboca.  ¡Qué desorden almacena el torrente! Tan desaforado, tragando derrota.  Niño curioso que abraza imprudente,   angustia que, en vano, sofoca.   ¿Qué pasará mañana cuando, valiente, me domine el verso de vergüenza rota?  ¿Acaso la voz surgirá potente?   ¿Acaso volverá en un eco de roca?  Qué importará el murmullo de la gente  si la verdad en silencio desangra y trastoca.  Montaña de sed que abate insolente, justicia salvaje que mi alma invoca. 

Tu boca

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  Tu boca en llamas, incendio avivado y tentador, amenaza con un beso a la mía, hojarasca presta al fuego abrasador.

Lo que queda después

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  Me atraviesas hoy, soledad,  disfrazada de consuelo  y sublime primavera.   Y sonríen las aceras  exhibiendo sus pañuelos  de impoluta castidad.     Me atraviesas hoy, desazón,  músculo vacío de gloria  y pacto envilecido,  pronunciando el estallido  que mastican las auroras  ocultas en el corazón.      Me atraviesas hoy, dolor,  con murmullo de fiesta  y música de patraña,  por mucho que las entrañas  lloren mil protestas  al rescatar su olor.     Me atraviesas hoy, hastío,  resbalando en hondonadas  que no conocen fin.  El mundo ahora es así: un circuito hacia la nada,  ruina flotando en el vacío. 

Perdiendo la razón

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  Tu cabello es secreto al aire desnudo,   tinta que flota cual delirio incierto   dibujando camino eterno hasta tu pecho,   delicada caída sobre los hombros rudos.   Cada fibra urge a descubrir lo impuro,   semilla que nutre tu boca en esta cama   y germina en la mía con un verbo silente,   invoca el estallido de guerra y de flama,   y gritas, y dueles, y las ruinas advierten   que ahora tus manos mi cuerpo reclaman, pero tal vez mañana no lo recuerden.   Es tu cabello sentencia que domina,   la promesa oscura de perfecta comunión. Polvo estelar y conjunción divina   cuyo empeño es arrancarme la razón. 

Ese algo

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  Hay algo en tu voz que me reclama,  la cadencia divina de un destierro anhelado,  el tacto de la brisa en un día agotador. Hay algo encerrado en tus ojos que me llama,  la promesa de caminos y cielo estrellado, la caricia de un amanecer reparador.   Hay algo escondido en el fulgor de esa flama,  la que arde en tu pecho cual infierno acusado,  fuego inconsciente, pero abrasador.   Hay algo de mí atado al cabecero de tu cama,  sueño vívido de fe y vestigios del pasado  son la soga en este juego retador.  

Lo que respiro

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  Baila el viento con los abedules,  presos lánguidos de la tarde de abril  que acarician tímidos cielos azules  con el abrazo de un amante febril.   Ríe la brisa con su paso agitado,  carcajada liviana de residuo vibrante,  capricho de huracán enajenado  que detiene el andar del caminante.   Ruge y canta entre zarpazos de tierra, cruce que amenaza el silencio hostil  entre brumas y polvo de guerra. Así es el aire que respiro por ti.

Una lucha interna

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  Arenas movedizas son tus pupilas,  estela inquieta de polvo marrón  que promete extirpar la razón  y remueve las aguas tranquilas.   Hoy florece de nuevo el corazón,  mitad esquivo, mitad sonriente;  piedra que lucha contra la corriente  y acaba envuelta en un ciclón.   Ojalá practicara un verbo valiente  para recitarte poesías que escondo,  secreto mortal desde el fondo  que mantiene la sangre caliente.

La única certeza

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  Es el tiempo un puñal en las entrañas, manantial de plazos que oscurece cualquier arma de esperanza. Es el tiempo quien sujeta una guadaña. Es ocaso y sol que resplandece; es agosto y remembranza. Tiene el tiempo una quimera, surtidor de besos y palabras que se agotan como arena. Y esa angustia desespera, pues, al llegar el alba… ¡Qué ácida condena! Luz y sombra de elegía, puede que un romance en verso, la tonada lujuriosa del lamento, fe y penumbra en herejía contrariando al Universo; ¡cuán injusto es el paso del tiempo!

Cuando te haya besado

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  Murmullo del mar avivado, como regalo del viento sabio, surge de pronto en los labios y atraviesa de lado a lado. Sangre de sol desesperado que muta en caricia ardiente, se proyecta reluciente en tu cabello despeinado. Y tan frágil fue el pasado que ahora tus ojos tibios trasladan cura y alivio a este cuerpo desangrado. Es tu voz señal de agrado, trino suave de tu boca, plegaria al viento que invoca a mi corazón desterrado. Ave de vuelo fatigado posa el cansancio en arcilla y convierte en maravilla cada hueso oxidado. Así eres tú, remedio anhelado, soga que salva de caer al vacío, abrazo salvaje que sana el hastío, candor que rescata un país olvidado. Hoy por ti, mi canto enamorado despertará planetas ya extintos y puede que el nuestro luzca distinto cuando mis labios te hayan besado.

Ciencia del dolor

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  Palabras corruptas a la hora del hastío sentencian mi nombre, salvaje y miserable, al gélido violeta del crepúsculo vacío; al hogar de mendigos y viejos afables. Canta ahora el viento su mortal tonada, antojo siniestro de una mano despreciable que convoca conjuros y noche cerrada borrando de golpe todo lo alcanzable. Abrazo de dicha para el que no teme saber, aun consciente de todo lo inefable, aun sufriendo el miedo de correr prisionero de un sueño imparable. Todo camino guarda arañazo y locura, ciencia del dolor que se torna irremediable cuando una verdad rasa y sin florituras cierra las puertas de lo deseable.

El loco

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  Justo en la línea más rota y oscura, escondida en el añil de la nada, baja por la colina quebrada lo que queda de mi cordura. Al fondo de la llanura está pactada mi condena, la misma que con cadenas me llevó hasta la locura. Y es el silencio que apura, quien de pronto palidece ante un amor que merece algo más que esta amargura. Extraño dolor que no se cura en el silencio se desgrana pidiéndole a Dios que mañana traiga de vuelta su figura. Y es que es tan frágil la envoltura de este corazón cansado que, vacío, hueco y lastimado, ya no aguanta más tortura. Ahora sangran sus costuras como río traicionero y hasta encuentra placentero perecer mientras murmura: así despido a la tersura que yace ahora aquí tendida, la que una vez llena de vida hoy sentencio a la negrura. Puedo decir, con holgura, que no hay remedio posible ni fenómeno infalible cuando un amor se fractura. Quien abrace esta lectura de un viejo loco y poeta quizá comparta la receta que le calme esta rencura.

Al otro lado

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  Ahora que tu mano ya no cubre mi frente me pregunto qué encontraste en tu partida: si hubo luz o sombra en tu trecho; si viste a Dios bajo cruces erguidas. Vienes a verme cada noche, entre tramos de silencios, inmaculados besos y el recuerdo bendito de tus ojos tibios en los míos clavados, dictado de tu afecto, de tu amor infinito. Aún te busco si preciso consuelo, extiendo mi mano esperando señal, rechazando la unión entre vivos y duelos; asumiendo con pena que no volverás. Pero ósculos del tiempo revelan que al final nos aguarda un réquiem con violas y chelos; que a veces nos iremos con recelos, preocupados por lo que pueda quedar. Dicen que aquí sólo aguarda la estela vacía, polvo vacuo que se posa en los estantes, un escaso residuo de alegría; triste sombra de fantasmas errantes. Pero yo guardé tu voz en el camino, lectura sabia, dorada luz en el sendero. sólida herencia que define mi destino; regalo de sol que dejaste en enero.

Una guerra perdida

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  Centellean tus palabras dolientes ante mi beso de espanto y masticas odios secos mientras tus puños cerrados ira y fuego desprenden. Fulgurante tu metralla se abre paso entre la carne, lacerante e incisiva; codiciosa, despreciable, y con hambre de batalla. Tú que matas y resuelves, tú que curas y lastimas, sana al mundo con tu alivio ahora que la Historia no mira; ahora que el silencio nos envuelve.

Silencios

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  Hay silencios sumergidos en el vidrio de tus ojos, silencio en el pecho y las manos, batallas que no se han vencido. Hay silencios que invocan cielos e infiernos rojos; nutritiva siembra del reclamo que practica el miedo al olvido. Hay silencios que desarman tus enojos, fieros e intensos, rudos y vanos; pájaro sin alas y sueño abatido. Hay silencios tuyos que se prestan al sonrojo y también los que envenenan cada tramo; mortal reserva que detiene mis latidos. Hay silencios que te guardas con cerrojo, frágil promesa de lo humano que se arrancó antes de haber florecido. Hay silencios tuyos que me miran de reojo, y murmullos del amor surgen lejanos; ecos que suplican rescatar lo perdido.

Contigo

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  Deja que te descubra en un descuido, pues desempolvando la rabia mis tempestades de invierno limpiarán tu hastío. Que nadie me robe el turno, quiero ser testigo de cómo tus ojos elevan la noche y curan mi desatino. Deja que te desnude a miradas. Al aire dudas, piel y pecados impregnados de vida y latidos, y tu voz, luz de luces, cálido abrigo. Déjame ser escudo y también revuelo, cancerbero de tus sueños; que resuciten de un suspiro todos los buenos recuerdos. Contigo iría hasta el principio del tiempo, sin relojes ni misterio, sin arenas ni senderos; no eres sol sobre mi espalda, sino dentro de mi pecho. Y de tu mano partiré hasta lo incierto, sea cielo o sea infierno, sea mi tumba o un secreto. Así la mañana luzca negra y vacía, el mundo se detenga o perezca al alba, yo sólo sé que mi alma regresará a ti algún día.