SIEMPRE EN FEBRERO
Cantidad no es sinónimo de calidad. Y, para muestra, un botón. Siempre en febrero pertenece a la categoría de historias que, probablemente, nadie imaginaría que también leo. Lo sé, todo el mundo me ubica como un ser oscuro que se sienta a leer en el interior de una caverna, sobre un pentagrama pintado con sangre fresca y acompañada de una cabra bípeda como mascota. Pero lo cierto es que, de vez en cuando, me sale la vena amable y abro los brazos a bellezas de otro tipo. En esta ocasión, Viki ha logrado, en muy poquitas páginas, hacerse un hueco —uno más entre quienes la conocemos— en el corazón. Sí, estamos ante una historia de amor, pero una que atraviesa el tiempo y nos muestra cómo se aprecian los sentimientos en las diferentes etapas de la vida y también las circunstancias —algunas más complejas que otras—. Podría parecer un planteamiento muy sencillo: el vínculo entre dos chicos que se conocen siendo muy jóvenes y que tratan de mantenerse unidos a pesar de las dificultades...