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XII

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Hoy he pensado en el guacamayo azul de la tienda de animales, el que malvive en una jaula diminuta y se limita a mirar a través de los barrotes con sus acuosos ojos negros. El plumaje añil, que parece un traje de difuntos mal puesto, cae sobre el cuerpo, ya marchito, en un extenuante ejercicio de lealtad. «Algún día sacudiremos el polvo», les responde a sus alas, que hartas de agitarse día tras día en actitud rebelde han dejado de moverse. Ahora son dos brazos lacios que han sucumbido a la terrible verdad de no volver a volar. A veces siento que el guacamayo intenta comunicarse conmigo. Abre su pico cubierto de rayones y eleva la oscura lengua como si tratara de decir algo. Y entonces repite la sarta de idioteces que han estado enseñándole los empleados de la tienda desde hace años, frases vacías que le confieren una imagen aún más triste. Quizá no encuentra otro modo de pedir ayuda; quizá sólo se trate de un pájaro tonto que ni siquiera sabe que está recluido injustamente. Me pregun...

El cambio de estación

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  Conecté mi alma a la tuya en ese instante, cuando la noche, la sal y los misterios se juntaron en los labios, formando universos de fábula y calor, de sed palpitante. Y a tu cintura, ofensa despiadada a las deidades, fuego insano que devasta toda primavera, sutil montura, promesa de ceguera, pacto de fe contra templos y ciudades. Sobraba todo entonces: tela, palabra y salvación. Y firmamos un contrato de registro en la piel, donde la carne y el dolor, por designios del placer, sucumbían a la dicha e ignoraban la razón. Aún me absorbe el mapa de tu cuerpo, tierra feraz y océano de beso caprichoso que se marcha y vuelve con episodio celoso cual niño terrible de corazón terco. Henos aquí ahora, aferrados al delirio sombrío, desgastando el sol de verano en un paseo, entonando sortilegios que reparen el deseo, aunque sepa que al final el abrazo será frío.

XI

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  Siempre al borde. Podría aprovechar el favor de las masas de aire para elevarme alto, muy alto. Pero nunca lo hago. Resulta frustrante y todo un misterio que acaba encajándose a la fuerza en el cajón de los propósitos, una especie de baúl que amenaza con estallar de forma inminente. Miedos y ruegos a modo de rebelión silenciosa que empaña el cristal. A eso he llegado. A negarme cada imagen del sol en el recuerdo, a sufrir la condena de oscuridad abisal. Como si sólo me estuviera permitido anhelar el ocaso. Y la culpa es mía, por supuesto. Nadie es responsable de mi vida en el subsuelo. Me repugna pasar las horas arañando la superficie, alimentándome de la luz derramada por cada hendidura cuando en el fondo sé que no me permitiré disfrutar del hallazgo. Siempre al borde. Reclamo el oxígeno tapándome la boca, exijo el bosque sosteniendo el hacha, adoro la poesía rechazando el delirio, y cruzo los limbos, las cordilleras más altas, cada fase incorruptible del tiempo que me aleja de ...

X

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  Quieren mis ojos desenredar el arte que anida en tu pelo, vasto paisaje de temblores escondidos donde persisten las ánimas de valor sofocado. Quieren mis dedos ser sol que despierte la fragua dormida en tus manos, empresa de fieras latitudes. Quiere mi voz dibujar figuras de aliento en tus senderos grises, convertirse en tormenta estelar que derrame luces y flechas precisas en el camino. Quiere mi beso tibio lazo entre tu boca y la mía; quiere universos de sed; incandescencia y hambre; sutura febril entre la piel y el deseo. Tanto quisiera. Pero no puedo.

IX

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  El dolor te hace más fuerte. O eso dicen. Tenemos la absurda creencia de que el dolor desaparece si menospreciamos los motivos que lo causan, pero no es así. El dolor culmina, a veces, cuando se producen los cambios pertinentes en quien lo sufre. Otras, sin embargo, se aferra a huesos y órganos, atento a cualquier circunstancia que pueda proporcionar cierto alivio, y entonces, como si de un atleta se tratara, corre a toda velocidad para recordar a su pobre víctima que no le corresponde tal consuelo. «Aún no puedes —susurra—. Estás castigado, ¿acaso lo olvidaste?». El dolor acaba incorporándose a la rutina sin el que el recipiente (porque en eso se convierte la persona, en un simple objeto para almacenar causas y desengaños) se dé cuenta. Y para hacerse hueco, va expulsando todo aquello que le estorbe: alegría, propósitos, ilusión, buenas intenciones… Y le gusta hacer fiestas con sus amigos Rabia e Ira; juntos se dedican a ponerlo todo patas arriba. Y la química, compañera de equ...

Hora de pagar

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  Oigo las voces de los querubines. Están ahí, en la superficie, ajenos al polvo sucio de las ruinas, quizá flotando en la ceniza. Y yo asciendo, me impulsa la confusión. Guiada por el coro que ahora canta artes de dicha y propaganda de justicia, me preparo para abrir los ojos, cuando éstos dejen de arder por el dolor.   Sigo en ascenso, la marea se deshace de mí. Soy materia de un barco que zozobra mientras ellos cantan. Mi alma se eleva entre tiples y contraltos. Se abre el techo y subo, avanzo rauda hasta el sendero de doradas flechas, a dentelladas contra las nubes que se resisten. Y no miro abajo por temor a encontrar de nuevo la grieta salvaje de la muerte, la misma donde yacen las oscuridades del corazón. Me aterra caer como aguacero violento, arrastrando conmigo cada pedazo de cielo que abarquen las manos. Pero finalmente me atraviesa la tormenta. Bello es el réquiem que cantan los querubes mientras me aferro a la tierra, luchando contra la gravedad de insolente u...

VI

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  Las personas no estamos educadas para escuchar. La finalidad de todo intercambio de palabras es imponer el criterio propio, considerándonos sublimes vencedores si en un brutal combate, donde los adjetivos se convierten en guantes de boxeo, conseguimos que el rival acabe desplomado sobre el ring. A menudo veo el mundo como un gran local nocturno donde la música y el barullo se entremezclan en un caos incomprensible, uno en el que los enfrentamientos se suceden con tanta asiduidad que ya casi ni se interviene para tratar de evitarlos. El diálogo se convierte en discusión, y algunos, exhaustos tras tanto ruido gratuito, hemos optado por el destierro. Dos minutos en el exterior son suficientes para darme cuenta de que estaba muy bien dentro de mi cueva. No comprendo a las personas. Lo intento, pero se me dan fatal. Tal vez sea porque no paran de gritar y de convulsionar cuando alguien osa llevarles la contraria. Semejante exposición tiñe el entorno de desasosiego y hasta de terror, e...

V

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La lengua de hercúleos poderes continúa mintiendo en la plaza, mientras la carne de los creyentes se seca a la intemperie, soñando acuarelas en el horizonte en lugar de las inertes cartulinas de ocres y negros.  Arrastrados sobre piedras, los cuerpos aguardan promesa de besos y fuentes en los desiertos de hastío que soplan fuego al corazón.  Los muertos entre llamas se rebelan contra el verbo trapacero. Sus cenizas suspendidas en el aire claman venganza, esperando aguacero de cuchillos afilados. Los vivos siguen en la plaza, atendiendo al discurso febril de la lengua que asesina sólo con hablar. Entretanto, los muertos flotan mudos, como partículas que nadie quiere respirar por temor al dolor de las verdades.  

IV

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  Se atoran los verbos de queja en las bocas, deambulando torpes entre lenguas y chasquidos de disconformidad. Hoy se conjugan como almas apretadas en el transporte público, empujándose unas a otras. Pero ahora que la ofensa se antepone al pensamiento, las filas de dientes son muros infranqueables, y nuestros yoes, prisioneros en una cárcel de carne, son forzados a callar. ¿Desde cuándo un verbo, por sangrante e indecente que sea, no puede salir a la calle? Hoy vivimos entre madejas que limitan la razón. Las ciudades se construyen con hilos y agujas, inspiradas gracias al ruido de los pasos de la multitud sobre el pavimento, todos al mismo compás. Grises ciudades donde cualquier color derramado por accidente se considera un crimen. Y también son grises las bocas y los ojos y las manos y los pies. Gris es la fe y también el entendimiento. El gris se derrama denso sobre parques y aceras, opacando soles y robando hojas al bosque. El gris es dictadura y opresión en el pecho, intoxi...

La fiera caníbal

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  Alcé la vista y entonces la vi atravesando el bosque, dejando tras de sí un reguero de sangre negruzco y maloliente. Supe poco después que la sangre no era suya, sino de alguien a quien había matado horas atrás. Corría comiéndose el brazo putrefacto de un sujeto que a esas alturas ya estaría muerto, un pobre incauto que al igual que yo se encontraba en el lugar equivocado. Me cuestioné entonces si merecía la pena adentrarme en el pinar, de bella presencia bajo la luz matinal pero un mausoleo de ramas y cortezas para seres sin brazos ni piernas, inocentes que yacían sin cráneos sobre montones de hojas secas a la espera de un pacto con los elementos que, despacio y con una crueldad heladora, desnudarían sus huesos, convirtiéndolos en la morada de insectos y otras alimañas antes de fundirse en el terreno como polvo inexacto de algo que una vez conoció los sinsabores propios de la vida. Hace rato que intento recordar los motivos que me condujeron a seguir el rastro de la fiera caníba...

La ciudad de fuego

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  La ciudad de fuego --- Y el amor... El amor acariciaba franco, sin enigmas ni dobleces, igual que la voz de un padre henchido de orgullo. No había contratos ni bienes que separar. No había cuerdas que marcaran los límites. El amor surgía de las entrañas vehemente, criatura alada que no teme ser vista, que no ofrece leyes ni pactos porque sabe que sólo ella da sentido a las cosas. El amor era la pluma y el papel, la sábana y el colchón, el aire y los pulmones. El amor era principio y fin. Nunca reparé en la belleza de esas cosas. Viví encorsetada creyendo que había que aceptar el destino tal como surgiera, sin cuestionarlo ni prevenirlo. Urgía un cambio en mi manera de pensar, y no porque fuera infeliz, sino porque nunca fui consciente de este hecho. Me emocionó saber que todo aquello no se trataba de una utopía frágil, que no era el residuo de un onirismo desordenado y azaroso. La ciudad de fuego se alzaba imponente, elevada gracias a un manifiesto de designios cuyo objetivo era ...