AQUÍ VIVE EL HORROR

Qué curioso es volver a algunos libros después de varios años. A veces puede ser una experiencia muy grata: rescatas pasajes, emociones que en su momento te cautivaron. Otras, en cambio, no siempre reconoces la historia tal y como hoy se despliega ante ti. Si es que ya lo dijo Sabina: «Al lugar donde has sido feliz es mejor que no trates nunca de regresar».

Soy asidua a las librerías de segunda mano, por lo que cuando vi un ejemplar de Aquí vive el horror, de Jay Anson, me lo compré con esa sonrisilla que se dibuja en la cara, aunque sea un momentito, cuando vuelves a una etapa dulce en la que descubriste algo molón que te gustaría recuperar. Con este libro me ocurrió que recordaba la inquietud, la atmósfera densa, la sensación de estar asomándome a esa casa terrible en Amityville. Sin embargo, no tenía muy frescos los detalles y quizá por eso esta segunda lectura ha sido… distinta. Sí, vamos a dejarlo en «distinta».

El libro, presentado como una investigación sobre fenómenos supuestamente reales vinculados a lo demoníaco, apuesta por un enfoque casi documental. Anson reconstruye testimonios, recoge declaraciones y organiza los hechos con una voluntad de veracidad que, en teoría, debería intensificar el miedo. Pero, leído hoy —y releído con cierta distancia—, el resultado me pareció menos perturbador de lo que cabría esperar.

No es que falten elementos aterradores. Hay escenas y descripciones que conservan esa cualidad incómoda propia del terror basado en hechos reales: la idea de que lo narrado pudo haber sucedido es, en sí misma, poderosa. Pero el estilo resulta en ocasiones algo plano, más centrado en enumerar acontecimientos que en levantar una atmósfera verdaderamente opresiva. Lo turbio aparece y desaparece sin llegar a asentarse. Y, maldita sea, yo quería sentir la tensión, la inquietud, contagiarme un poco de la vulnerabilidad de los Lutz y habitar, aunque fuera durante unas pocas horas de lectura, en esa casa ubicada en el 112 de Ocean Avenue.

Quizá parte de la decepción tenga que ver con la evolución del propio género. Desde que fuera publicado este título, el terror «real» ha sido explotado y refinado por obras posteriores que han aprendido a manejar mejor el ritmo y la inmersión del lector. Frente a eso, Aquí vive el horror puede llegarte hoy como algo un poco contenido, incluso ingenuo en ciertos pasajes. Hubo momentos en los que avanzaba páginas enteras sin que se despertara en mí la menor desazón. Los acontecimientos se encadenaban con tal rapidez —casi como un informe médico—, que acababan diluyendo el suspense en lugar de intensificarlo. Y eso resulta especialmente llamativo tratándose de una historia tan emblemática dentro del imaginario del misterio.

Aun así, al César lo que es del César, porque, como pieza casi fundacional de este tipo de narrativa con elementos paranormales, conserva un valor histórico dentro del género. Además, su lectura sigue despertando esa pregunta incómoda que todo buen relato de lo sobrenatural debería provocar: ¿y si fuera verdad?

Tal vez este regreso me grabe a fuego que algunos encantamientos funcionan mejor en la memoria que en una relectura.

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