ORGULLO Y PREJUICIO

 


Al fin terminé la lectura de “Orgullo y prejuicio” de Jane Austen, y sí, ya sé que es un clásico que cualquier lector que se precie debería leer al menos una vez en la vida, pero soy una especie extraña y he esperado cuarenta y dos años para descubrirlo. He de admitir que no estaba en mi lista de lecturas inmediatas —ni futuras, para qué engañarte—; sin embargo, mi compi de letras, Naviru Shorno, propuso hacer un especial sobre Jane Austen y su obra en Nigromantes Literarios, así que me puse en marcha en cuanto pude. Jane escribió esta novela en 1813, y desde entonces ha sido considerada un referente de la literatura universal. Sólo por este dato estaba claro que debía leer, como mínimo, uno de sus libros y opté por el más popular.

Jane Austen fue una autora única para su tiempo. El panorama literario estaba dominado por hombres y la temática que escogían se alejaba bastante de lo que ella quiso contar. Jane decidió centrar sus historias en la vida cotidiana, en la realidad de las familias, y además lo hizo con una impresionante habilidad para trasladarlo de forma sutil e ingeniosa. Y puede parecer que la trama de este libro es sencilla y doméstica, pero en realidad tiene un trasfondo nada banal. Nos habla del peso que acarrean los orgullos y los prejuicios, y también de cómo afectan las primeras impresiones y lo necesarias que son a veces las segundas oportunidades. Entre líneas, se atreve a cuestionar el papel de la mujer, el matrimonio y las normas sociales de su tiempo. Todo desde un lenguaje sencillo, sin grandes florituras, a ratos con un humor muy inteligente —las intervenciones del señor Bennet me han parecido geniales— y un tono crítico a los convencionalismos.

Jane no se detiene a juzgar a sus personajes de forma abierta, sino que los va perfilando a través de sus decisiones y diálogos —muchos diálogos, quizá demasiados—. Así es como conocemos a Elizabeth Bennet y al señor Darcy, dos personajes que chocan en su orgullo y prejuicio, pero también en sus expectativas, en la educación que han recibido y el modo de exponerse en público. Con el tiempo, y sobre todo a raíz de ciertas situaciones, Elizabeth va a cambiar de parecer respecto a Darcy, dejando a la luz cuán complejas y vulnerables pueden ser las personas. Todos guardamos más de lo que mostramos al mundo, supongo, y de vez en cuando caemos en trampas como el orgullo o el prejuicio.

Voy a ser completamente honesta. Aunque valoro lo que significó esta obra para la literatura, no la disfruté demasiado. Me pareció un poco repetitiva en ciertos tramos y tampoco la temática me ayudó mucho a conectar con ella. Es posible que se deba a mi poca afición por las novelas de este registro, o tal vez porque encuentro tediosas las historias de amoríos, por más justificados que puedan estar en una trama. Por supuesto, esto no resta mérito a Jane Austen, y entiendo perfectamente por qué se ha convertido en un clásico indiscutible, en una referencia para entender no sólo la literatura británica, sino también la evolución de las figuras femeninas en la narrativa. Así que, por mera ambición cultural, “Orgullo y prejuicio” debe ser leída, por lo menos, una vez en la vida.

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