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Cuando te haya besado

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  Murmullo del mar avivado, como regalo del viento sabio, surge de pronto en los labios y atraviesa de lado a lado. Sangre de sol desesperado que muta en caricia ardiente, se proyecta reluciente en tu cabello despeinado. Y tan frágil fue el pasado que ahora tus ojos tibios trasladan cura y alivio a este cuerpo desangrado. Es tu voz señal de agrado, trino suave de tu boca, plegaria al viento que invoca a mi corazón desterrado. Ave de vuelo fatigado posa el cansancio en arcilla y convierte en maravilla cada hueso oxidado. Así eres tú, remedio anhelado, soga que salva de caer al vacío, abrazo salvaje que sana el hastío, candor que rescata un país olvidado. Hoy por ti, mi canto enamorado despertará planetas ya extintos y puede que el nuestro luzca distinto cuando mis labios te hayan besado.

Lista de mis odios

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  Odio madrugar. Y acostarme tarde. Detesto los mosquitos y su propósito insomne. Odio el desorden de mi armario, caminar descalza y los grifos que gotean. No soporto el ruido de teléfonos sonando; tan histriónicos, tan esperpénticos.  Odio que llamen al timbre, los imprevistos y los plazos. Me disgustan las ciudades y su polución social.  Odio las mentiras de amigos, monjes o políticos, esas falacias que juegan con el afecto y la fe. Me inquietan las sonrisas vacías, las relaciones ficticias y aquellos que dependen de espejos más allá de sus propios ojos.  Odio el verano, que se me acelere el corazón sin pretenderlo, que se vacíe la nevera demasiado rápido o que otra planta se me seque.  Odio el polen, los ácaros y la hipocresía. Y me espero siempre un desengaño, aunque todo apunte a que esta vez será diferente.  Odio que llamen arte a la tortura, que justifiquen la angustia con el resultado de ser espontáneo, y no me fío de quienes esconden las manos en l...

La escalada

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  Esta montaña va a acabar conmigo... Cada vez que me acerco a la cima, una fuerza invisible me empuja hasta su falda, rodando sobre piedras y suelo escarpado. Desde la base y con más heridas que al principio, observo la cima bañada por la gloriosa y tibia luz, promesa de un viaje sublime que me resulta irresistible.     Así que vuelvo a escalar, esta vez tomando mayor impulso, sonriendo ante cada crujido de mis rodillas y tragando el aire en bocanadas de insaciable esperanza.   Muero por llegar a la cima, porque esa cima eres tú.  

Palabras que se pudren

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  Siempre me he preguntado a dónde van a parar todas las cosas que pensamos y nunca llevamos a cabo. ¿Qué lugar escogen esos planes perdidos, los propósitos cobardes? ¿Acaso terminan ocultos en el país de los «quise y no pude»? ¿O más bien en la frontera de los «pude y no me atreví»? Supongo que permanecen dentro de nosotros, imaginando cruelmente que algún día saldrán al mundo.   Lo mismo sucede con las palabras. Uno hace el esfuerzo de escoger el verbo preciso, la frase perfecta para lograr ciertos objetos. Pero a menudo limitamos su avance hasta la boca y las obligamos a volver a su origen, forzadas a desaparecer en una estela de vergüenza y arrepentimiento. Palabras que se nutren de la nada. Palabras que se pudren sin remedio.   Y las rumiamos en silencio, resignados a soportar su peso y el desorden que provocan. Son fantasmas heridos que deambulan sin consuelo por los pasillos del alma, esperando una libertad que nunca llega.   Entonces surgen los...

Demasiado ruido en la sala

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  Hace poco llegué a la conclusión de que uno de los grandes problemas de nuestra sociedad es que confundimos la verdadera comunicación con un contacto trivial. La amplia mayoría de conflictos se resolverían con una charla sincera, pero no sé por qué tememos esa clase de enfrentamiento. En lugar de arrancar los problemas de raíz, preferimos ver cómo éstos siguen creciendo y extendiéndose cual malas hierbas. Tras mucho pensar, creo que esto sucede porque nos han criado para no dar la nota, para ser individuos cuerdos que andan en la dirección que marcan las señales. Los que van a contracorriente se vuelven de forma automática en lerdos o ególatras que sólo quieren llamar la atención, y quizá estos rebeldes sólo aspiran a romper las normas porque las encuentran absurdas, obsoletas o incluso dañinas.   Nos han hecho creer que no debemos levantar nuestras cabezas para observar qué está pasando más allá de la multitud, y me parece una manera estúpida de vivir. Algunos son burr...

Ciencia del dolor

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  Palabras corruptas a la hora del hastío sentencian mi nombre, salvaje y miserable, al gélido violeta del crepúsculo vacío; al hogar de mendigos y viejos afables. Canta ahora el viento su mortal tonada, antojo siniestro de una mano despreciable que convoca conjuros y noche cerrada borrando de golpe todo lo alcanzable. Abrazo de dicha para el que no teme saber, aun consciente de todo lo inefable, aun sufriendo el miedo de correr prisionero de un sueño imparable. Todo camino guarda arañazo y locura, ciencia del dolor que se torna irremediable cuando una verdad rasa y sin florituras cierra las puertas de lo deseable.

Tu imagen

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  Anoche me llegó tu imagen entre las telas de la inconsciencia, mientras me debatía sobre un lecho de dudas, abrazada al tibio amparo de una promesa. Creí que alguno de los dos rompería el silencio, que quizá era el momento oportuno para traer de vuelta al sol en un beso abrasador. Yo rogué ese beso, aunque no abrí la boca. Y morí un poco al comprobar que tus labios se abrían en una sonrisa tímida. Yo esperaba oír mi nombre, advertir en tu voz la señal de un estallido lumínico; la evidencia de tu reclamo. No deja de sorprenderme esta ingenuidad febril, la misma que me quiebra el sueño con la precaria ilusión de hallarte bajo un circuito eterno de sábanas pesadas, prestas al contacto. Y me pierdo en las laderas de la incertidumbre, creyendo atisbar, por tenue que sea, un chispazo en tus ojos, suficiente para que continúe el recorrido, incluso a sabiendas de que no estás aquí. Anoche me llegó tu imagen entre las telas de la inconsciencia. Y te escribí un poema que jamás recitaré, pu...