OFICIO DE TINIEBLAS
A veces la portada de un libro
puede mentir. O, mejor dicho, no contar toda la verdad. Empecé a leer Oficio de
Tinieblas con la creencia de que encontraría terror o tal vez una historia de
horror religioso, algo ligero que luego olvidaría con relativa facilidad. Qué
equivocación tan agradable.
Ambientada en la España de los
años sesenta, cuando el país intentaba venderse al mundo como un proyecto en
reconstrucción —mientras escondía montoncitos de polvo bajo la alfombra—, la
historia te invita a mirar precisamente eso, el residuo, la suciedad acumulada que
ni un ciego podría ignorar.
La trama se apoya en una línea
que podría parecer clásica —un juez recién llegado y su comisario intentando
atar cabos—, pero funciona como excusa para bajar al sótano moral del pueblo.
No hay maniqueísmo fácil: la secta, los rituales, el peso de una Iglesia que lo
impregna todo, los juegos de dominación… son varias de las piezas de un sistema
donde el poder, el dinero y la hipocresía se convierten en la verdadera
liturgia.
A nivel narrativo, encontramos
una prosa exquisita, con claros signos de novela costumbrista que se detiene a
detallar la textura de las calles, los atuendos, multitud de objetos…; sin
embargo, el ritmo está calibrado para que la tensión vaya creciendo progresivamente.
Olvídate de los platos precocinados, porque aquí la atmósfera se cuece a fuego
lento —como debe ser la buena cocina— y sirve de soporte para dar realismo al
mundo que presenta. Incluso podría decirse que en muchos segmentos la
ambientación se convierte en un personaje más de trama.
Quizá lo mejor de la novela sea
su arquitectura ética. Aquí los perversos son arrastrados por mecanismos de
poder que resultan terriblemente reconocibles. Me gusta que algunos de los
personajes tengan una dignidad terca que resiste hasta cuando todo indica que
no hay solución.
Prioriza la atmósfera sobre el
vértigo, y eso puede verse como un inconveniente. Pero si uno suelta la
expectativa de thriller clásico y se fija en lo que ocurre entre líneas,
entiende la elección de Emily. La crudeza está dosificada de forma inteligente.
Se desgrana poco a poco, hasta que la incomodidad inicial se transforma en una
lucidez molesta, fea quizá, pero necesaria. Te obliga a tomar tu propio lugar
en la historia, a preguntarte qué clase de personaje habrías sido tú en las
mismas condiciones.
Me parece que en tiempos donde
la industria tira más por textos febriles o que abusen del vértigo, es muy
valiente escoger caminos literarios escarpados, como es este caso.
Oficio de Tinieblas me ha
parecido una experiencia fabulosa que recomiendo sin dudar.

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