OFICIO DE TINIEBLAS
A veces la portada de un libro puede mentir. O, mejor dicho, no contar toda la verdad. Empecé a leer Oficio de Tinieblas con la creencia de que encontraría terror o tal vez una historia de horror religioso, algo ligero que luego olvidaría con relativa facilidad. Qué equivocación tan agradable. Ambientada en la España de los años sesenta, cuando el país intentaba venderse al mundo como un proyecto en reconstrucción —mientras escondía montoncitos de polvo bajo la alfombra—, la historia te invita a mirar precisamente eso, el residuo, la suciedad acumulada que ni un ciego podría ignorar. La trama se apoya en una línea que podría parecer clásica —un juez recién llegado y su comisario intentando atar cabos—, pero funciona como excusa para bajar al sótano moral del pueblo. No hay maniqueísmo fácil: la secta, los rituales, el peso de una Iglesia que lo impregna todo, los juegos de dominación… son varias de las piezas de un sistema donde el poder, el dinero y la hipocresía se conviert...